sábado, 2 de marzo de 2013

MENSAJE PARA CUARESMA 2013 : BENEDICTO XVI




«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16)
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la Fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.
1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» {1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un "mandamiento'', sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» [Deus cantas est, 1). La fe constituye la adhesión personal –que incluye todas nuestras facultades– a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor.
Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por "concluido" y completado» {ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a).
El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor –«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14) –, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz -en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).
2. La caridad como vida en la fe
Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido.
Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).
Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad.
Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17).
En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).
3. El lazo indisoluble entre fe y caridad
A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica».
Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios.
En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Le 10,38-42).
La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria.
En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana.
Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Cantas en veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto –indispensable– con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de San Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10).
Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad.
Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente.
La Cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.
4. Prioridad de la fe, primado de la caridad
Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).
La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud.
Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).
La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano.
Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela germina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).
Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de Cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.
Vaticano, 15 de octubre de 2012

miércoles, 23 de mayo de 2012

NORMAS SOBRE EL MODO DE PROCEDER EN EL DISCERNIMIENTO DE PRESUNTAS APARICIONES Y REVELACIONES


Escudo Vaticano 

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

I


NORMAS SOBRE EL MODO DE PROCEDER EN EL DISCERNIMIENTO
DE PRESUNTAS APARICIONES Y REVELACIONES
PREFACIO
1. La Congregación para la Doctrina de la Fe se ocupa de las materias vinculadas a la promoción y tutela de la doctrina de la fe y la moral, y es competente, además, para el examen de otros problemas conexos con la disciplina de la fe, como los casos de pseudo-misticismo, supuestas apariciones, visiones y mensajes atribuidos a un origen sobrenatural. Cumpliendo esta delicada tarea confiada al Dicasterio, hace más de treinta años fueron preparadas las Normae de modo procedendi in diudicandis presumptis apparitionibus ac revelationibus. El documento, examinado por los Padres de la Sesión Plenaria de la Congregación, fue aprobado por el Siervo de Dios, Su Santidad el Papa Paulo VI el 24 de febrero de 1978 y emanado por el Dicasterio el día 25 de febrero de 1978. En aquel tiempo las Normae  fueron enviadas y dadas a conocer a los Obispos sin que se realizase una publicación oficial, en consideración a que se dirigen principalmente a los Pastores de la Iglesia.


2. Como es sabido, con el pasar del tiempo el Documento, en más de una lengua, ha ido publicándose en algunas obras sobre la materia,  pero sin la autorización previa de este Dicasterio, competente en la materia. Es necesario reconocer que los principales contenidos de estas importantes medidas normativas son hoy de dominio público. Por lo tanto, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha considerado oportuno publicar las mencionadas normas, proveyéndolas de una traducción a las principales lenguas.

3. La actualidad de la problemática sobre las experiencias ligadas a los fenómenos sobrenaturales en la vida y misión de la Iglesia también ha sido notada recientemente por la solicitud pastoral de los Obispos reunidos en la XII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios, en octubre de 2008. Tal preocupación ha sido recogida por el Santo Padre Benedicto XVI en un importante pasaje de la Exhortación Apostólica Post-sinodal Verbum Domini, insertándola en el horizonte global de la economía de la salvaciónMe parece oportuno recordar aquí la enseñanza del Sumo Pontífice, que debe acogerse como invitación a brindar una oportuna atención a los fenómenos sobrenaturales a los cuales se refiere también la presente publicación:
«De este modo, la Iglesia expresa su conciencia de que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios; él es “el primero y el último” (Ap 1,17). Él ha dado su sentido definitivo a la creación y a la historia; por eso, estamos llamados a vivir el tiempo, a habitar la creación de Dios dentro de este ritmo escatológico de la Palabra; “la economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cf. 1 Tm 6,14; Tt 2,13)” (Dei Verbum, n. 4). En efecto, como han recordado los Padres durante el Sínodo, la “especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él, ´que nos ha revelado a Dios´ (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad”. (Propositio 4). San Juan de la Cruz ha expresado admirablemente esta verdad: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra... Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado a Él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad” (Subida al Monte Carmelo, II, 22)».

Teniendo presente todo esto, el Santo Padre Benedicto XVI destaca:

«El Sínodo ha recomendado “ayudar a los fieles a distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas” (Propositio 47), cuya función “no es la de... ´completar´  la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 67). El valor de las revelaciones privadas es esencialmente diferente al de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en ella, en efecto, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viva de la Iglesia, Dios mismo nos habla. El criterio de verdad de una revelación privada es su orientación con respecto a Cristo. Cuando nos aleja de Él, entonces no procede ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el Evangelio y no hacia fuera. La revelación privada es una ayuda para esta fe, y se manifiesta como creíble precisamente cuando remite a la única revelación pública. Por eso, la aprobación eclesiástica de una revelación privada indica esencialmente que su mensaje no contiene nada contrario a la fe y a las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles pueden dar su asentimiento de forma prudente. Una revelación privada puede introducir nuevos acentos, dar lugar a nuevas formas de piedad o profundizar las antiguas. Puede tener un cierto carácter profético (cf. 1 Ts 5,19-21) y prestar una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el presente; de ahí que no se pueda descartar. Es una ayuda que se ofrece pero que no es obligatorio usarla. En cualquier caso, ha de ser un alimento de la fe, esperanza y caridad, que son para todos la vía permanente de la salvación. (Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, El mensaje de Fátima, 26 de junio de 2000: Ench. Vat. 19, n 974-1021)»[1]
4. Es viva esperanza de esta Congregación que la publicación oficial de las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de presuntas apariciones y revelaciones pueda ayudar a los Pastores de la Iglesia Católica en su empeño para la exigente tarea del discernimiento de las presuntas apariciones y revelaciones, mensajes y locuciones o, más en general, fenómenos extraordinarios o de presunto origen sobrenatural. Al mismo tiempo desea que el texto pueda ser útil a los teólogos y expertos en este ámbito de la experiencia viva de la Iglesia, que hoy reviste una cierta importancia y requiere una reflexión más profunda.
William Card. Levada
Prefecto
Ciudad del Vaticano, 14 de diciembre de 2011, memoria litúrgica de San Juan de la Cruz

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[1] Exhortación Apostólica Post-sinodal Verbum Domini sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, 30 de septiembre de 2010, n. 14: AAS 102 (2010) 695-696. Al respecto véanse también los pasajes del Catecismo de la Iglesia Católica dedicados al tema (cfr nn. 66-67). 


II
NORMAS SOBRE EL MODO DE PROCEDER 
EN EL DISCERNIMIENTO
DE PRESUNTAS APARICIONES Y REVELACIONES

NOTA PREVIA

Origen y carácter de estas Normas
Durante la Congregación Plenaria Anual del mes de noviembre de 1974, los Padres de esta Sagrada Congregación examinaron los problemas relativos a presuntas apariciones y a las revelaciones con las que frecuentemente están ligadas, llegando a las siguientes conclusiones:
1. Hoy más que en épocas anteriores, debido a los medios de comunicación (mass media), las noticias de tales apariciones se difunden rápidamente entre los fieles y, además, la facilidad de viajar de un lugar a otro favorece que las peregrinaciones sean más frecuentes, de modo que la Autoridad eclesiástica se ve obligada a discernir con prontitud sobre la materia.
2. Por otra parte, la mentalidad actual y las exigencias de una investigación científicamente crítica hacen más difícil o casi imposible emitir con la debida rapidez aquel juicio con el que en el pasado se concluían las investigaciones sobre estas cuestiones (constat de supernaturalitate, non constat de supernaturalitate: consta el origen sobrenatural, no consta el origen sobrenatural) y que ofrecía a los ordinarios la posibilidad de permitir o de prohibir el culto público u otras formas de devoción entre los fieles.

Por las causas mencionadas, para que la devoción suscitada entre los fieles por hechos de este género pueda manifestarse de modo que quede a salvo la plena comunión con la Iglesia y se produzcan los frutos gracias a los cuales la misma Iglesia pueda discernir más tarde la verdadera naturaleza de los hechos, los Padres estimaron que debe ser seguida en esta materia la praxis que se expone a continuación.


Cuando se tenga la certeza de los hechos relativos a una presunta aparición o revelación, le corresponde por oficio a la Autoridad eclesiástica:
a) En primer lugar juzgar sobre el hecho según los criterios positivos y negativos (cf. infra, n. I).
b) Después, en caso de que este examen haya resultado favorable, permitir algunas manifestaciones públicas de culto o devoción y seguir vigilándolas con toda prudencia (lo cual equivale a la formula “por el momento nada obsta”: pro nunc nihil obstare).
c) Finalmente, a la luz del tiempo transcurrido y de la experiencia adquirida, si fuera el caso, emitir un juicio sobre la verdad y sobre el carácter sobrenatural del hecho (especialmente en consideración de la abundancia de los frutos espirituales provenientes de la nueva devoción).


I. Criterios para juzgar, al menos con probabilidad, el carácter de presuntas apariciones o revelaciones
A) Criterios positivos


a) La certeza moral o, al menos, una gran probabilidad acerca de la existencia del hecho, adquirida gracias a una investigación rigurosa.


b) Circunstancias particulares relacionadas con la existencia y la naturaleza del hecho, es decir:


1. Cualidades personales del sujeto o de los sujetos (principalmente equilibrio psíquico, honestidad y rectitud de vida, sinceridad y docilidad habitual hacia la Autoridad eclesiástica, capacidad para retornar a un régimen normal de vida de fe, etc.).


2. Por lo que se refiere a la revelación, doctrina teológica y espiritual verdadera y libre de error.


3. Sana devoción y frutos espirituales abundantes y constantes (por ejemplo: espíritu de oración, conversiones, testimonios de caridad, etc.).



B) Criterios negativos



a) Error manifiesto acerca del hecho.


b) Errores doctrinales que se atribuyen al mismo Dioso a la Santísima Virgen María o a algún santo, teniendo en cuenta, sin embargo, la posibilidad de que el sujeto haya añadido —aun de modo inconsciente— elementos meramente humanos e incluso algún error de orden natural a una verdadera revelación sobrenatural. (cfr. San Ignacio, Ejercicios. n. 336).


c) Afán evidente de lucro vinculado estrechamente al mismo hecho.


d) Actos gravemente inmorales cometidos por el sujeto o sus seguidores cuando durante el hecho o con ocasión del mismo.


e) Enfermedades psíquicas o tendencias psicopáticas presentes en el sujeto que hayan influido ciertamente en el presunto hecho sobrenatural, psicosis o histeria colectiva, u otras cosas de este género.


Debe notarse que estos criterios, tanto positivos como negativos, son indicativos y no taxativos, y deben ser empleados cumulativamente, es decir, con cierta convergencia recíproca.


II. Sobre el modo de conducirse de la autoridad eclesiástica competente


1. Con ocasión de un presunto hecho sobrenatural que espontáneamente algún tipo de culto o devoción entre los fieles, incumbe a la Autoridad eclesiástica competente el grave deber de informarse sin dilación y de vigilar con diligencia.


2. La Autoridad eclesiástica competente, si nada lo impide teniendo en cuenta los criterios mencionados anteriormente, puede intervenir para permitir o promover algunas formas de culto o devoción cuando los fieles lo soliciten legítimamente (encontrándose, por tanto, en comunión con los Pastores y no movidos por un espíritu sectario). Sin embargo hay que velar para que esta forma de proceder no se interprete como aprobación del carácter sobrenatural del los hecho por parte de la Iglesia. (cf. Nota previa, c).


3. En razón de su oficio doctrinal y pastoral, la Autoridad competente puede intervenir motu proprio e incluso debe hacerlo en circunstancias graves, por ejemplo: para corregir o prevenir abusos en el ejercicio del culto y de la devoción, para condenar doctrinas erróneas, para evitar el peligro de misticismo falso o inconveniente, etc.


4. En los casos dudosos que no amenacen en modo alguno el bien de la Iglesia, la Autoridad eclesiástica competente debe abstenerse de todo juicio y actuación directa (porque puede suceder que, pasado un tiempo, se olvide el hecho presuntamente sobrenatural); sin embargo no deje de vigilar para que, si fuera necesario, se pueda intervenir pronto y prudentemente.


III. Sobre la autoridad competente para intervenir


1. El deber de vigilar o intervenir compete en primer lugar al Ordinario del lugar.


2. La Conferencia Episcopal regional o nacional puede intervenir en los siguientes casos:


a) Cuando el Ordinario del lugar, después de haber realizado lo que le compete, recurre a ella para discernir con mayor seguridad sobre la cuestión.


b) Cuando la cuestión ha trascendido ya al ámbito nacional o regional, contando siempre con el consenso del Ordinario del lugar.


3. La Sede Apostólica puede intervenir a petición del mismo Ordinario o de un grupo cualificado de fieles, o también directamente, en razón de la jurisdicción universal del Sumo Pontífice (cf. infra, IV).


IV. Sobre la intervención de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe 


1. a) La intervención de la Sagrada Congregación puede ser solicitada por el Ordinario, después de haber llevado a cabo cuanto le corresponde, o por un grupo cualificado de fieles. En este segundo caso debe evitarse que el recurso a la Sagrada Congregación se realice por razones sospechosas, por ejemplo: para forzar al Ordinario a que cambie sus legítimas decisiones, confirmar algún grupo sectario, etc.


b) Corresponde a la Sagrada Congregación intervenir motu proprio en los casos más graves, sobre todo si la cuestión afecta a una parte notable de la Iglesia, habiendo consultado siempre al Ordinario y, si el caso lo requiriese, habiendo consultado también a la Conferencia episcopal. 

2. Corresponde a la Sagrada Congregación juzgar la actuación del Ordinario y aprobarla o disponer, cuando sea posible y conveniente, un nuevo examen de la cuestión, distinto del estudio llevado a cabo por el Ordinario. Dicho examen puede ser llevado a cabo por ella misma o por una comisión especial.


Las presentes normas fueron examinadas en la Congregación Plenaria de esta Sagrada Congregación y aprobadas por el Sumo Pontífice PP. Paulo VI, el día 24 de febrero de 1978.


Roma, Palacio de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 25 de febrero de 1978.




Franjo Card. Šeper

Prefecto




+Fr. Jérôme Hamer, o. p.

Secretario


lunes, 5 de marzo de 2012

ANALFABETISMO RELIGIOSO ...

Parroquia de La Salle
El Papa apunta al «analfabetismo religioso» como uno de los grandes problemas de nuestro tiempo
«Estamos en el corazón de Dios», dijo para resaltar la importancia del sacrificio del Hijo por nuestra salvación.
Actualizado 5 marzo 2012

Este domingo el Papa visitó la parroquia de San Juan Bautista de La Salle, en el barrio romano del Torrino, donde celebró misa en un ambiente entrañable y familiar. Tanto, que arrancó su homilía agradeciendo que "en el Papa veáis también a papá, algo bellísimo" que, confesó, le llena de ánimo.

En su glosa a las lecturas del segundo domingo de Cuaresma, Benedicto XVI puso en relación el sacrificio que Abraham estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac porque Dios se lo pedía ("con el hijo sacrificaba el futuro, porque sin el hijo la tierra prometida no era nada, acababa en nada") con el del Padre entregando al Hijo, Jesucristo, para nuestra salvación.

Esa entrega demuestra que "estamos en el corazón de Dios, y ésa es nuestra gran confianza. Esto crea amor, y en el amor caminamos hacia Dios. Si Dios ha entregado a su propio Hijo por todos nosotros, nadie podrá acusarnos, nadie podrá condenarnos, nadie podrá separarnos de su inmenso amor".

Estas verdades esenciales de la fe las recordó el Papa en unos momentos en que son muy ignoradas. Por eso quiso animar el trabajo de formación y preparación sacramental de la parroquia que visitaba, tanto más necesario en los tiempos de la Nueva Evangelización, y que tiene validez universal: "Conozco el esfuerzo que ponéis en la preparación de los niños y jóvenes a los sacramentos de la vida cristiana. El próximo Año de la Fe será una ocasión propicia para que crezca y se consolide la experiencia de la catequesis sobre las grandes verdades de la fe cristiana".

"Así", concluyó, "todo el barrio podrá conocer y profundizar en el Credo de la Iglesia, y superar ese «analfabetismo religioso» que es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo".


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martes, 7 de febrero de 2012

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2012 Martes 7 de febrero de 2012

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2012
Martes 7 de febrero de 2012



«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras»
(Hb 10, 24)
Queridos hermanos y hermanas
La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24).
Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.
1. "Fijémonos": la responsabilidad para con el hermano.
El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada».
También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente.
Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).
La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades.
La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19).
En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre.
En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último.
En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein— es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana.
Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8).
Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.
2. "Los unos en los otros": el don de la reciprocidad.
Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así.
El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social.
En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo.
La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
3. "Para estímulo de la caridad y las buenas obras": caminar juntos en la santidad.
Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.
Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede.
Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 3 de noviembre de 2011

BENEDICTUS PP XVI


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viernes, 16 de diciembre de 2011

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE : SÍNTESIS DE LA INSTRUCCCIÓN SOBRE EL RESPETO DE LA VIDA HUMANA NACIENTE Y LA DIGNIDAD DE LA PROCREACIÓN

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

SÍNTESIS DE LA INSTRUCCCIÓN SOBRE
EL RESPETO DE LA VIDA HUMANA NACIENTE Y LA DIGNIDAD DE LA PROCREACIÓN

CIUDAD DEL VATICANO 1987

-Respuestas a algunas cuestiones de actualidad –
PREÁMBULO

INTRODUCCIÓN
1.        La investigación biomédica y la enseñanza de la Iglesia
2.       La ciencia y la técnica al servicio de la persona humana
3.       Antropología e intervenciones biomédicas
4.       Criterios fundamentales para un juicio moral
5.       Las enseñanzas del Magisterio

I.         EL RESPETO DE LOS EMBRIONES HUMANOS

1.       El respeto  que se debe al embrión humano
2.       El diagnóstico prenatal
3.       Las intervenciones terapéuticas sobre el embrión humano
4.       La investigación y la experimentación sobre embriones y fetos humanos
5.       El uso para la investigación de embriones obtenidas mediante la fecundación “in vitro”
6.       Otros procedimientos de manipulación de embriones ligados a las nuevas técnicas de reproducción humana

II.       INTERVENCIONES SOBRE LA PROCREACIÓN HUMANA

A.     Fecundación artificial heteróloga
1.             La procreación humana en el matrimonio
2.             La fecundación artificial heteróloga
3.             La maternidad “sustitutiva”

B.       Fecundación artificial homóloga
4.     Conexión moralmente necesaria entre procreación y acto conyugal
5.      La fecundación homóloga  “in vitro”
6.      La inseminación artificial homóloga
7.      Criterio para la intervención del médico en la procreación humana
8.      El sufrimiento por la esterilidad conyugal
       
III.     MORAL Y LEY CIVIL
Los valores y las obligaciones morales que la legislación civil debe respetar y sancionar.
CONCLUSIÓN.




**********






La instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación es el fruto de numerosos intercambios con Episcopados y Obispos de diversos países, además de haber sido precedida por largas consultas.  La Instrucción no pretende reproducir un estudio orgánico de la enseñanza de la Iglesia sobre la vida humana y la procreación, sino ofrecer un conjunto de respuestas a las principales cuestiones que sobre la materia han sido planteadas a la Congregación para la Doctrina de la Fe.



INTRODUCCIÓN
1.      La instrucción recuerda ante todo las razones de la enseñanza de la Iglesia.  El progreso de las investigaciones biomédicas ha suscitado problemas nuevos.  Para responder a los interrogantes morales que van colegados a ellos, el Magisterio de la Iglesia, en virtud de su misión evangélica, propone la “doctrina moral conforme a la dignidad de la persona y a su vocación integral”.  Las intervenciones de la Iglesia, particularmente en lo que se refiere a la vida humana y a sus orígenes se inspira en el amor que debe al hombre.
2.     Las ciencias y las técnicas realizadas por el hombre “para dominar la tierra”, según la palabra del Creador, no son moralmente indiferentes: exigen el respeto de “los criterios fundamentales de la moralidad”, el servicio a la persona humana, a sus derechos inalienables y a su bien verdadero e integral según el proyecto divino.
3.     ¿Cómo se aplican estos criterios morales en los problemas que se plantean en el campo de la biomédica?  Cualquier intervención sobre el cuerpo humano afecta la persona : encierra por tanto un significado y una responsabilidad morales.  Esta doctrina se debe aplicar de manera particular al ámbito de la sexualidad y de la procreación, donde se actualizan los valores fundamentales del amor y de la vida.  Las intervenciones biomédicas deben ser valoradas moralmente por su relación con la dignidad de la persona humana y su vocación divina.
4.     Dos criterios racionales son decisivos para el juicio moral :
a)     La inviolabilidad del derecho a la vida del ser humano inocente “desde el momento de la concepción hasta la muerte” y
b)    La originalidad de la transmisión de la vida humana “que por la naturaleza misma está ligada a un acto personal”.
5.     Sobre estos dos puntos, el Magisterio de la Iglesia ofrece a la razón humana la luz de la Revelación.
a)     La vida de todo ser humano ha de ser respetada de modo absoluto desde el momento mismo de la concepción, porque el hombre es la única creatura en la tierra que Dios ha “querido por sí misma” y el alma espiritual de cada hombre es “inmediatamente creada por Dios”.
b)    La procreación humana presupone la colaboración responsable de los esposos con el amor fecundo de Dios y debe realizarse en el matrimonio mediante los actos específicos de los esposos.

I.         EL RESPETO DE LOS EMBRIONES HUMANOS  
La reflexión sobre las enseñanzas del Magisterio y sobre los nuevos datos permite responder a los problemas morales planteados por las intervenciones técnicas sobre las fases iniciales de la vida humana y sobre el proceso de su concepción.
1.     La Instrucción recuerda y precisa la doctrina tradicional de la Iglesia: El ser humano ha de ser respetado –como persona- desde el primer instante de su existencia.  La ciencia contemporánea reconoce que en el cigoto resultante de la fecundación está ya constituida la identidad biológica  de un nuevo individuo humano.  Esta conclusión científica ofrece una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana : ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?
El Magisterio reafirma la condena moral de cualquier aborto procurado : “el fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia, es decir, desde la constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado que es moralmente debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual.  El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona”.  “Puesto que debe ser tratado como persona, en el ámbito de la asistencia médica el embrión también habrá de ser defendido en su integridad, cuidado y sanado, en la medida de lo posible, como cualquier otro ser humano”.  Este principio determina las respuestas dadas a los problemas morales que vienen a continuación.

2.     El diagnóstico prenatal es lícito si los métodos utilizados, con el consentimiento de los padres debidamente informados, salvaguardan la vida y la integridad del embrión y de la madre, sin exponerles a riesgos desproporcionados.  Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de los resultados, de provocar un aborto.  Es necesario negar al Estado y a cualquier otra autoridad el derecho de concatenar en cualquier modo diagnóstico prenatal y aborto procurado.  Igualmente hay que negar a quien sea el derecho de imponer o de sugerir un diagnóstico prenatal con el objeto de proceder eventualmente al aborto.

3.     Las intervenciones terapéuticas sobre el embrión son legítimas siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no le expongan a riesgos desproporcionados y que tengan como fin su curación.  Son ilícitas, en cambio, las intervenciones sobre embriones que vayan en contra de su integridad y supervivencia individual.

4.     La investigación médica debe renunciar a intervenir sobre embriones vivos, a no ser que exista la certeza moral de que no se causará daño alguno a su vida y  a su integridad ni a la de la madre, y sólo en el caso de que los padres hayan otorgado su consentimiento, libre e informado.  La experimentación no directamente terapéutica sobre embriones vivos es ilícita.  Los cadáveres de embriones o fetos humanos deben ser respetados como los restos mortales de los demás seres humanos.  Ninguna práctica científica o comercial puede voluntariamente hacerse cómplice del aborto procurado o dar lugar a escándalo.

5.     Es inmoral producir embriones humanos destinados a ser explotados como “material biológico” disponible.  Así como condena el aborto provocado, de igual manera la Iglesia prohíbe que se atente contra la vida de estos seres humanos.

6.     Los intentos de obtener un ser humano sin conexión alguna con la sexualidad mediante “fisión gemelar”, clonación, partenogénesis,  deben ser considerados contrarios a la moral, en cuanto que están en contraste con la dignidad tanto de la procreación humana como de la unión conyugal. Asimismo son ilícitos los proyectos de fecundación entre gametos humanos y animales, y de gestación animal o artificial de embriones humanos.  La misma congelación de embriones, aunque se realice para mantenerlos vivos, constituye una ofensa al respeto debido a los seres humanos. Las manipulaciones que tienen a seleccionar los seres humanos en cuanto al sexo o a otras cualidades prefijadas son contrarias a la dignidad personal del ser humano, a su integridad y a su identidad.  Estas prácticas no pueden justificarse en modo alguno a causa de posibles consecuencias beneficiosas para la humanidad futura.  Cada persona merece respeto por sí misma.

II.                INTERVENCIONES SOBRE LA PROCREACIÓN HUMANA
La Instrucción trata de las “procreaciones y fecundaciones artificiales”, examinando desde el punto de vista moral la fecundación in vitro con transferencia de embriones (FIVET) y la inseminación artificial.
Existe un nexo al mismo tiempo ideológico y práctico entre aborto procurado y fecundación in vitro.  Sin embargo, esta dinámica de muerte no exime de una profunda y ulterior reflexión ética sobre las fecundaciones artificiales, tanto heterólogas como homólogas.
A.    Fecundación artificial heteróloga
1.     La procreación humana desde el punto de vista de la moral debe ser el fruto del matrimonio : este principio determina la valoración moral de la fecundación artificial heteróloga.
Todo ser humano debe ser acogido siempre como un don y una bendición.  Sin embargo la procreación de una nueva persona debe “ser el fruto y el signo de la mutua donación personal de los esposos”.   La unidad del matrimonio comporta el recíproco respeto de los derechos a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro.  El hijo tiene derecho a ser concebido, llevado en las entrañas, traído al mundo y educado en el matrimonio.  El bien de la sociedad requiere que los hijos vengan al mundo en el seno de una familia fundada en el matrimonio, único lugar digno de una procreación verdaderamente responsable.
2.     La fecundación artificial heteróloga logra la concepción a partir de gametos de al menos un donador diverso de los esposos que están unidos en matrimonio.  Este procedimiento es contrario a la unidad del matrimonio, a la dignidad de los esposos, a la vocación propia de los padres y al derecho de los hijos a ser concebidos y traídos al mundo en el matrimonio y por el matrimonio.  Estas razones determinan un juicio moral negativo de la fecundación artificial  heteróloga.  Es moralmente ilícita la fecundación de una mujer casada con el esperma de un donador distinto de su marido, así como la fecundación con el esperma del marido de un óvulo no procedente de su esposa.  Además es injustificable moralmente la fecundación artificial de una mujer no casada, soltera o viuda, sea quien sea el donador.

3.     La maternidad “sustitutiva” es inaceptable desde el punto de vista moral por las mismas razones : representa una falta objetiva contra las obligaciones del amor materno, de la fidelidad conyugal y dela maternidad responsable.

B.     Fecundación artificial homóloga
4.     La doctrina de la Iglesia sobre el nexo entre procreación y acto conyugal es el principio que determina la valoración moral en este punto.
a)      En virtud de la naturaleza del matrimonio y del íntimo nexo entre sus fines, la Iglesia enseña “la inseparable conexión que Dios ha querido y que el  hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal : el significado unitivo y el significado procreador”.   Este principio tiene consecuencias bien conocidas en el plano de la paternidad y de la maternidad responsables y de la regulación de los nacimientos; la misma doctrina aclara el problema moral de la fecundación artificial homóloga.
Se quiere lícitamente la fecundación cuando ésta es el término de un “acto conyugal de suyo idóneo a la generación de la prole, al que se ordena el matrimonio por su propia naturaleza y por el cual los cónyuges se hacen una sola carne” (CIC can. 1061). Pero la procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos.
b)    El valor moral de la estrecha unión existente entre los bienes del matrimonio y entre los significados del acto conyugal, se fundamenta en la unidad del ser humano.  Los esposos expresan recíprocamente su amor personal con el “lenguaje del cuerpo” y el acto conyugal es un acto inseparablemente corporal y espiritual.  El origen del ser humano es de este modo el resultado de una procreación “ligada a la unión no solamente biológica, sino también espiritual” de los esposos.

c)     El respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona.  La generación de un hijo ha de ser el fruto de “la donación recíproca” realizada en el acto conyugal, en el que los esposos cooperan como servidores, y no como dueños, a la obra del Amor Creador.

La importancia moral de la unión existente entre los significados del acto conyugal y entre los bienes del matrimonio, la unidad del ser humano y la dignidad de su origen, exigen que la procreación de una persona humana haya de ser querida como el fruto del acto conyugal específico del amor entre los esposos.

5.       ¿Es moralmente lícita la fecundación homóloga in vitro?.  El procedimiento    
       de la F I V E T homóloga se debe juzgar en sí mismo y no puede recibir su    
 calificación moral definitiva de la intención que lo inspira, ni de la totalidad de    
 la vida conyugal en la que se inscribe, ni de las relaciones conyugales que pueden precederlo o seguirlo.  La naturaleza propia de la F I V E T debe también ser considerada haciendo abstracción de su relación con el aborto procurado.  La F I V E T homóloga disocia del acto conyugal los gestos que están destinados a la fecundación; realizada fuera del cuerpo de los cónyuges por medio de gestos de terceras personas, confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana.
La concepción in vitro no es de hecho obtenida ni positivamente querida como la expresión y el fruto de un acto específico de la unión conyugal.  En la F I V E T  homóloga, aún considerada en el contexto de las relaciones conyugales de hecho existentes, la generación de la persona humana queda objetivamente privada de su perfección propia : es decir, de la perfección de ser el término y el fruto de un acto conyugal, específico del amor de los esposos.  Los gestos por los que se obtienen los gametos están  privados de su significado unitivo y los actos de la unión conyugal no expresan desde el punto de vista objetivo una voluntad de los esposos a hacerse servidores y cooperadores de Dios para transmitir la vida a otra persona humana.  El hijo obtenido in vitro no ha sido concebido por un acto específico del amor de sus padres : no se le respeta en su origen.

Estos argumentos permiten comprender por qué el acto de amor conyugal es considerado por la Iglesia como el único lugar digno de la procreación humana.  Por las mismas razones, el “caso simple”, esto es, un procedimiento de F I V E T homóloga libre de toda relación con la praxis abortiva de la destrucción de embriones y con la masturbación, sigue siendo una técnica moralmente ilícita, porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural.

La F IV E T homóloga no posee toda la negatividad ética de la procreación extraconyugal.  Sin embargo, en conformidad con la doctrina tradicional sobre los bienes del matrimonio y sobre la dignidad de la persona, la Iglesia es contraria, desde el punto de vista moral, a la fecundación homóloga “in vitro” (aún cuando se pusieran todos los medios para evitar la muerte del embrión humano).  La F I V E T homóloga es ilícita en sí misma.  Por otra parte, todo niño que llega al mundo, en cualquier modo que sea, deberá ser acogido como un don viviente de la Bondad Divina. 

6.     La inseminación artificial homóloga ya ha sido rechazada por el Magisterio. Si el medio técnico facilita el acto conyugal o lo ayuda a lograr sus objetivos naturales, puede ser moralmente aceptado; cuando por el contrario, la intervención técnica sustituya el acto conyugal, será moralmente ilícita.  La masturbación, mediante la que moralmente se procura el esperma, constituye otro signo de esa disociación, ya operado en la fecundación artificial, entre los dos significados del acto conyugal.

7.     La Instrucción recuerda por consiguiente los criterios morales acerca de la intervención del médico en la procreación humana : el médico está al servicio de la persona y de la procreación humana; no tiene la facultad de disponer ni de decidir sobre ellas; debe ayudar a los esposos y no puede sustituirlos.  Los médicos católicos, los asistentes de los hospitales y clínicas católicas, como también los responsables de estos centros, son invitados de modo especial a honrar las obligaciones morales contenidas en esta Instrucción.

8.     El sufrimiento de los esposos que no pueden tener hijos o que temen traer al mundo un hijo minusválido es una aflicción que todos deben comprender y valorar adecuadamente.  Por parte de los esposos el deseo de descendencia es natural.  Sin embargo no existe un verdadero y propio “derecho al hijo”.  El hijo no es algo debido, es más bien un don.  Los esposos que se encuentran en esta dolorosa situación están llamados a descubrir en ella la ocasión para participar particularmente en la Cruz del Señor, fuente de fecundidad espiritual.  Se debe impulsar a los hombres de ciencia que están empeñados en la lucha contra la esterilidad a proseguir sus investigaciones, respetando la dignidad de la procreación humana.  Existen ya resultados, que anteriormente parecían inalcanzables.

III.              MORAL Y LEY CIVIL
-         El derecho inviolable a la vida de todo ser humano inocente y la institución matrimonial son valores morales fundamentales y elementos constitutivos de la sociedad civil y de su ordenamiento jurídico.

-         Las nuevas posibilidades de la técnica requieren la intervención delas autoridades políticas y legislativas, las cuales deben garantizar el bien común de las personas a través del respeto de sus derechos fundamentales, la promoción e la paz y de la moralidad pública.  Deben además preservar a la comunidad humana de la tentación del egoísmo y de la selección o discriminación.

-   Entre los derechos fundamentales es preciso recordar :
     a) el derecho de todo ser humano a la vida y a la integridad física;
     b) los derechos de la familia y del hijo.

-   La autoridad política no puede autorizar que seres humanos sean llamados a la   
    existencia mediante procedimientos que los exponen a los gravísimos riesgos
    anteriormente mencionados.  Si la ley positiva y las autoridades políticas 
    reconociesen las técnicas de transmisión artificial de la vida, ampliarían todavía
   más la brecha abierta por la legalización del aborto.  La ley no podrá tolerar –es más, 
   debería explícitamente- que seres humanos, aunque estén en estado embrional, 
   puedan ser tratados como objetos de experimentación, mutilados o destruidos.

-         La ley civil no podrá autorizar aquellas técnicas de procreación artificial que arrebatan, en beneficio de terceras personas, lo que constituye un derecho exclusivo de la relación entre los esposos y por eso no podrá legalizar la donación de gametos entre personas que no estén legítimamente unidas en matrimonio.  La legislación deberá prohibir además, en virtud de la ayuda debida a la familia, los bancos de embriones, la inseminación “post mortem” y la maternidad “sustitutiva”.

-         “Entre los deberes de la autoridad pública se encuentra el de procurar que la ley civil esté regulada por las normas fundamentales de la ley moral en lo que concierne a los derechos del hombre, de la vida humana y de la institución familiar.  Los políticos deben esforzarse, a través de su intervención en la opinión pública, para obtener el acuerdo social más amplio posible sobre estos puntos esenciales y para consolidarlo allí donde ese acuerdo corriese el riesgo de debilitarse o de desaparecer”.

-         Todos los hombres de buena voluntad deben esforzarse, particularmente a través de su actividad profesional y del ejercicio de sus deberes civiles, para reformar las leyes positivas moralmente inaceptables y corregir las prácticas ilícitas.   Además, ante esas leyes se debe presentar y reconocer la “objeción de conciencia”.  La exigencia de una “resistencia pasiva” frente a la legitimación de prácticas contrarias a la vida y a la dignidad del hombre comienza a imponerse con agudeza en la conciencia moral de muchos.

CONCLUSIÓN

-         Se dirige de nuevo una calurosa llamada a todos aquellos que, por la función que desempeñan y por su actividad, pueden ejercer una influencia positiva para que , en la familia y en la sociedad, se respete debidamente la vida y el amor :  a los responsables de la formación de las conciencias y de la opinión pública, a los hombres de ciencia y a los profesionales de la medicina, a los juristas y a los políticos.

-         La Congregación para la Doctrina de la Fe, en particular, dirige una confiada y alentadora invitación a los teólogos y sobre todo a los moralistas para que profundicen y hagan más accesible a los fieles las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia a la luz de una concepción antropológicamente correcta de la sexualidad y del matrimonio y en el contexto del necesario enfoque interdisciplinar.

-         Se invita a cada uno a comportarse, en el ámbito de su propia responsabilidad, como el buen samaritano y a reconocer en el más pequeño de los hijos de los hombres al propio prójimo.


 Reciban las bendiciones de la Santa Iglesia , Amén.

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